lunes, 12 de octubre de 2026

 DE  VIAJE CON  LA  LENGUA

Posiblemente a ti, como a nosotros, te guste viajar, porque cada viaje nos ofrece la oportunidad de encontrarnos en situaciones inesperadas, aventuras o con nuevos amigos. ¿Te agradaría acompañar a Paco en su viaje y compartir sus experiencias?

Cuando al inicio de sus vacaciones, Francisco, que había concluido el segundo grado de secundaria, fue invitado por su padre para acompañarlo a un viaje de trabajo por algunos países de América, supuso que le bastarían sus conocimientos de español para facilitarse la comunicación con las personas que trataría en esos lugares.

Confiado en el dominio de esa lengua, creyó suficiente el estudio que había hecho de ella en la escuela para comunicarse en los países de Hispanoamérica que visitaría; sin embargo, en su primera escala, en la vecina Guatemala, al escuchar a un amigo de su padre dirigirse a su hijo y decirle:

-Pedrito, chiris, toma este pisto, corre pero no lo botes y entrégaselo a tu mamá para que te compre punches.

Comprendió que de muy poco le serviría su supuesto conocimiento de la lengua española en un lugar de tan extraña forma de hablarla.

Y cuando, ya en Cuba, algunos nuevos amigos lo invitaron a una bachata donde escuchó en medio de la gran cháchara de los concurrentes, aplaudir y asegurar que era muy bicho un cómico, le pareció que no era ésa una forma muy cortés de reconocer su talento. Pero olvidó el incidente porque en ese momento les sirvieron la botuba que disfrutó con otros asistentes, quienes sin mayores preámbulos le rogaron que aceptara ser monina de ellos y los recordara cuando volviera a México.

No comprendía a fondo y no le agradaba ser su monina, pero qué podía hacer, no era cosa de correrse después de tan grata invitación; así que decidió disfrutar la tángana ruidosa hasta que la hermana de uno de sus amigos dijo sentirse mal, pues le dolía la chola y necesitaba regresar a casa.

Francisco, ejemplo de la tradicional cortesía mexicana, decidió acompañar a la chica y a su hermano en su regreso a casa, por lo que abordaron una guagua cuyo chofer no cesaba de tocarles el fotuto a los transeúntes que cruzaban las calles de La Habana, lo cual molestaba aún más a su amiga, a quien, por cierto, nuestro amigo Pancho aprendió a admirar porque, eso sí lo advirtió pronto, era una chica chévere.

Todas las atenciones que recibió de sus moninas cubanos lo hicieron sentir muy vigueta, pero tuvo que dejarlos, pues el viaje de su padre tenía un nuevo destino: Venezuela.

En el aeropuerto caraqueño encontraron a un taxista muy servicial, pero en el concepto de Panchillo mucho muy temerario, pues lo primero que le escuchó fue decir:

-Mosiu, bienvenido a Caracas, no le extrañe que para llevarlos rápidamente a su destino me coma unas cuantas flechas, pues el tránsito de aquí es una galleta terrible; pero no se preocupen que aunque pise mucho la chancleta de mi carro, no se nos reventará ninguna tripa.

“¡Dios!¿En qué lengua habla este hombre?”, se preguntó Francisco, mientras admiraba la moderna ciudad capital de la patria de Bolívar.

El asombro de nuestro personaje llegó al extremo cuando, a  medio camino, sorpresivamente el taxi se detuvo y otro taxista, seguramente amigo del  que los conducía, tranquilamente se acercó a éste y le dijo:

-Dame una colita, se me quemó este coroto- le explicó mostrando una bobina-, a medio kilómetro hay una refaccionaria.

Con el permiso de los pasajeros, el chofer trasladó a su amigo al lugar solicitado y finalmente llegaron a su hotel. En próspera ciudad venezolana aprendió a gustar las caraotas, las arepas y el ñame, entre  otras exquisiteces típicas; pero no dejó de añorar el mole, la tortilla y la salsa mexicanos.

Cierta noche, fueron invitados a una comida, lo cual no dejó de extrañarles; pero Paco lo olvidó pronto, pues ahí conoció a una chica que le pareció  muy mona; sin embargo, pronto tuvo que cambiar de

 

opinión cuando le aseguraron  que la joven no tenía ese defecto, sino que era muy sencilla y agradable; es decir, era todo un palo de muchacha, por ello hoy la recuerda con cariño.

Sus experiencias comunicativas en Colombia no fueron menos interesantes, pues allí aprendió a diferenciar el grado de admiración por una chica, calificándola de chusca o bestial, según se aprecien ascendentemente sus cualidades y atractivos.

En un mercado de Bogotá adquirió a muy bajo precio diversos artículos artesanales colombianos, verdaderas chisgas, según le dijeron sus amigos, con los cuales pensaba obsequiar a sus cuates al regresar a México, y sólo se consoló al despedirse de una amiga cuando ésta le pidió cariñosamente:

-Piénsame, Paco, yo te estaré pensando siempre.

Perú fue para nuestro conocido Pancho una experiencia distinta, pues supo, por pláticas  con chicos peruanos, hijos de algunos amigos de su padre, de muchas experiencias que le causaban confusión. Un día se rieron de él cuando, requerido por su padre, les dijo:

-Llama mi padre, en un momento regreso.

-¿Tu papá llama?, preguntó maliciosamente uno de sus amigos, aquí las usan para cargar.

Supo que la yuca era nutritiva, aunque no de Yucatán; no entendía por qué una novia peruana esperaba ansiosa una llanta de su enamorado para  formalizar el compromiso, mientras que en México las damas luchaban desesperadamente por evitarlas en su cuerpo; y le parecía imposible que un comerciante ambulante de Lima se protegiera del Sol también con una llanta, en tanto que en México las llantas se usan en el transporte; pero finalmente entendió la utilidad de tales artículos, cuando una tarde al pasear por las calles de Lima, empezó a lluviar de repente.

Su estancia en Chile fue breve, le parecía una contradicción que en ese país, con tal nombre, sólo pudiera encontrar ají para reemplazar el picante mexicano y tuviese que pedir porotos en lugar del tradicional platillo mexicano con el que concluimos nuestra comida típica.

El choclo chileno calmó su antojo de maíz en granos tiernos, que en nuestras ferias se vende con crema y queso, y cuando una tarde lo invitaron al cine, saboreó con agrado una bolsa con llallí con sal, otra forma de comer la gramínea mexicana.

Paco visitó Yumbel y Yungay, y en Antofagasta admiró el Llullailaco, que le recordó a nuestro “Popo”, hoy despierto y humeante; y no dejó de llamar su atención la abundancia de palabras en las cuales escuchaba iguales sonidos, aunque con diferentes significados.

En Argentina sus sorpresas no fueron menores al escuchar  que sus nuevos amigos le decían asombrados por su destreza al jugar futbol, mientras descansaban bajo una frondosa lluvia:

-Che, pebete, vos sos macana con la pelota; no te parecés al atorrante de Diego, que sólo porque la cachetea, se cree el más macanudo del mundo.

Por eso, cuando su padre le dijo una tarde que al día siguiente regresarían a México, se sintió feliz al pensar que aquí sí se habla el español “como Dios manda”.

¿Ustedes que piensan? ¿Será verdad?

Nuestro amigo viajero no está muy seguro, porque después de su experiencia, cuando en la aduana del aeropuerto capitalino mexicano le preguntaron:

-¿Cómo te llamas?

Estaba tan confundido que casi sin pensar contestó:

-¡Ya ni sé! Mi papá  me dice Francisco; mi mamá me llama Paco; mi abuelo dice que soy Pancho; mis amigos, Pancholín y mi abuelita, cuando estornudo  me dice: ¡Jesús!

Basado en la idea de Rosenblat, Ángel. Nuestra lengua de ambos mundos. Salvat, España, 1991.